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¿Han llegado los fariseos?

Santiago Boanerges, Hijo del Trueno: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9, 54).

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25 de julio de 2017. Es la una, cincuenta y tres minutos, y veinte segundos… Ante un monasterio religioso – la casa de los Heraldos del Evangelio- aparca un coche desconocido por los residentes del local. Un martes soleado y sonriente en la gran capital paulista sirve de disfraz a unas negras perspectivas. Y sin embargo, en el mundo entero se celebra la fiesta de un santo matador, el Matamoros.

Las circunstancias parecen realmente propicias para que se dé inicio a una inquisición. Pero ¿qué es lo que se ve? Tres hombres salen del vehículo. ¿Serán sacerdotes? Tal vez obispos. ¿Serán simplemente unos buenos padres de familia? La indumentaria no identifica su condición, quizá religiosa… Una señora de respetable edad también se hace presente. Su traje sobrio y los cabellos con un tinte gastado, denuncian su provecta condición: una buena y afable abuelita. No parece la figura ideal para fiscalizar la radicalidad con que se lleva la vida religiosa en una institución… ¿Será monja?

A la visita le sale al encuentro algunos centristas con hábito marrón, todavía con botas militares: hombres que se presentan como si poseyesen una gran influencia dentro de los Heraldos, pero tenidos en el fondo como un mero lazo de unión con la iglesia de Francisco; no con la Iglesia Católica de Jesucristo.

Todo parece indicar que la visita canónica ha comenzado, entre tanto sin la oficialidad que debería caracterizarla. Nosotros, los anfitriones, no hemos sabido de nada, y las informaciones no han filtrado… La hipocresía de una iglesia “casa de Jesús, abierta a todos” quedó clara: la visita no se ha abierto para nosotros, ni para nuestros pleitos. Si así fue en este aparente primer encuentro, es difícil tejer alguna hipótesis sobre cómo van a ser los siguientes.

¿Qué pensar? ¿Cómo interpretar todo esto? No pudiendo decir alguna palabra sobre la realidad de los acontecimientos, buscamos una indicación en la liturgia de la misa. Ella nos lo dice todo: somos “atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados…” (2Cor 4, 8-9).

Y no tememos las consecuencias de lo que nos puede venir; pues nuestro ingreso en la religión fue marcado por la recepción de una capa roja, y por una cruz en parte también roja, que bien simbolizan que aquí ingresamos dispuestos a derramar nuestra sangre por la verdad y por la fe, sin recelo, pues “teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2Cor 4, 13), ¡por eso denunciamos!

Santiago el Mayor, el primero de los apóstoles que se celebra, inspira una antífona consoladora, y título nuestro: “bebieron el cáliz del Señor, y se tornaron amigos de Dios” (Cf. Mt 20, 22).

Nuestra postura ante esta persecución que se va consolidando, se inspira en el Salmo: “Al ir, iba llorando, llevando la semilla”; – ¡NUESTRAS DENUNCIAS! – al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas” (Sl 125, 6). Y después: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” (Sl 125, 5).

Santiago, modelo de los héroes cruzados, segó cabezas; ¿qué segaremos nosotros?

25 de julio de 2017, Fiesta de Santiago Apóstol

 

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